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Quebranta las leyes; jura y entrega a la deidad que ahora tienes todo
lo que posees. Todo te será arrebatado.
Encierra tus prejuicios bajo llave y escóndelos en la profundidad de tu
locura. Recoge aquella religión a la que orabas, la tienes bajo tu pie,
aplastada.
Sé el siervo perdido que busca el refugio del templo que aún no se ha
construido. Flagélate ahora ante el crucifijo aún no bendecido. Cumple los
mandamientos que se te dictan y dale la espalda al libre albedrío con el que antiguamente
profesabas.
Sé el pastor, sé el pecador, sé el devoto, sé un orador. Sé el sabio y
el ignorante. Sé la luz y la oscuridad. Se el todo y la nada que acechan con
terminar con la vida que conlleva el sentirse vivo. Sé la piedad.
Arrodíllate y suplica la misericordia de un ser invisible. Alaba y
venera con altares, reza cada oración e invoca con devoción y no dudes que tu
suerte será recompensada: Nada aquí es certero, sólo la muerte y tu camino
hacia ella.
Recuéstate cada noche con el pensamiento intranquilo por no haber orado
lo suficiente.
Inhala el humo de las veladoras, apagadas por el viento que se cuela
por la ventana, y vuelve a incorporarte para encenderlas de nuevo.
Asiste al templo, canta la alevosía de tus rezos e inclínate con
firmeza sólo para ser capaz de dar media vuelta.
Viste de gala, camina 6 cuadras y gira a tu derecha. Izquierda.
Derecha. Voltea. No hay nada.
-Weiter
Das Kind

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