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El código de barras.


 
El cielo es de un tono grisáceo mientras camino por estas calles llenas de lluvia, empapan de nostalgia y acurrucan recuerdos que no puedo evitar.
 
Me desperté en medio de la noche queriendo soñarte una vez más, queriendo retornar tu voz a mi oído. Cada gota de lluvia y cada paisaje que se volvía distinto en los charcos de agua, como si existiera un mundo bajo el mundo, un espejo de esta historia, donde ahora puedo verte y escucharte.
 
Simplemente caminaba, era lo único que últimamente se me daba, pasear de un lado a otro buscando si se pudiera nuevamente ver  la luz.
 
Y al final de las largas caminatas, regresar a la casa vacía, llena de polvo y ausencia, era algo verdaderamente extraño. Sentía que me habían despojado del mundo, que de raíz me habían arrancado y ahora no tenía más que sueños repetitivos y extraños.
 
Todo comenzó a cambiar ese día que sentía mis ojos nublados por la tempestad que se gestaba en mi cuerpo, rendido me tiré en una banca y la vi a lo lejos….
 
Una musa de piel nácar.
 
Llevaba un vestido azul que contrastaba con el gris del cielo, parecía brillar de manera extraordinaria.
 
La observé detenidamente y me di cuenta que era en todos los sentidos perfecta.
 
Su cabello oscuro parecía flotar como si estuviera bajo el agua, sus ojos profundos como la más negra de la noche y sus labios rojos como fruto.
 
Mi corazón latió con fuerza, me di cuenta que parecía andar con pasos lentos detrás de un pequeño niño que avanzaba de la mano de su madre; creo que nadie notaba su presencia.
Sin embargo yo, sentado en aquella banca no podía más que contemplar la escena, que pronto se volvería un campo de batalla.
 
Un extraño impulso me levantó, caminé hacia ella.
 
Promovido por su mística belleza después de largo tiempo que mi corazón cantó. Me acerqué con pasos lentos, no quería que se asustara, sin embargo lo que ahí me esperaba tiempo después se tornaría en mi contra.
 
Al mirarme cerca de ella se sonrío como un pequeño niño atrapado en medio de una travesura, no me habló, no me resulta claro pero sus ojos fijos en mí se quedaron y pude ver en ellos el universo.
Siguió caminando con la vista puesta en mí, pero luego de un momento siguió su andar tras el niño y su madre.
 
No la pude olvidar.
 
Todos los días volví al mismo lugar, a sentarme en la banca a esperar que apareciera nuevamente, era la primera vez después de tres años que me sentaba, que detenía mi andar.
 
Era la primera vez que mi cuerpo se relajaba al punto de dejarme en la eternidad.
 
La volví a encontrar tres meses después de aquella maravillosa primera vez, nuevamente con su vestido azul que contrastaba con el gris de la humanidad.
 
Me levante corriendo, la tomé en mis brazos y le dí un beso, espere que me golpeara, que me gritara que me insultara.
 
Pero ella nuevamente sonrió, devolvió mi beso y me acurrucó en sus blancas manos.
 
Luego de eso todo fue un sueño, a pesar de que no hablara parecía que con su mente me comunicaba el sonido de las cosas.
 
Los días de lluvia se transformaron, se hicieron hojas verdes, árboles llenos de dorado; el sol se levantó con todo su esplendor.
 
La primavera estaba llegando y yo la tenía cada amanecer en mis brazos, poco conocía de aquella mujer que se prendó a mi corazón con un alfiler.
 
Días hermosos llenos de la sonrisa del verano, días hermosos llenos de la sonrisa del otoño, días hermosos llenos de la sonrisa del invierno, días de primavera… de múltiples encuentros.
 
Las fotografías poco a poco aparecieron en los libreros de mi casa, imágenes de una pareja feliz, sonriente, amorosa.
 
Amanecía con ella en mi regazo sintiendo su respiración, el cordón de plata que nos une a las personas indicadas, el que no se rompe cuando duermes e imaginas otros mundos.
 
Pero, mientras pasa el tiempo más deseas que esa persona esté lo más que puedas a tu lado, le invité a vivir conmigo, otra vez esa sonrisa de niña traviesa, que escribió en un papelillo : Sí.
 
Nos comunicábamos por notas; esa tarde ella llegó con una pequeña maleta, colocamos juntos sus cosas en el armario. Era nuestro espacio, nuestro precioso tiempo.
 
Era tan hermoso estar a su lado… ahora que nuevamente camino bajo esta lluvia de Agosto, buscando sus ojos, caigo en cuenta que el miedo es el más grande de los mounstros.
 
Mientras estábamos juntos, desaparecía constantemente, unos minutos, un par de horas; y volvía conmigo llena de vida.
 
No le preguntaba que hacía… estaba por entero enamorado de su risa, que a pesar de ser muda, escuchaba en mi mente.
 
Pasé a algo más profundo, me detuve en una tienda de anillos, y compre un hermoso zafiro, como el azul de su vestido.
 
Llegue a casa, transformado, pedí a mis padres y a mis contados amigos que esa noche asistieran a tan maravilloso acontecimiento. Todos llegaron tan a tiempo, todos elegantes, todos sonrientes, todos felices por los amantes.
 
Pedí frente a ellos su mano y ella asintió con un papelito en la mano casi derramando diamantes de sus ojos en mi pecho, y la besé … nos casaríamos en el invierno.
 
Que días tan hermosos, antes de las diez de la mañana después de la hermosa velada, me dejo una carta:
“Amado mío, ahora que estaremos juntos, debes saber una cosa, preciso es que cuando salga no me sigas, mi trabajo no es conmovedor, ni halagador, es necesario que se mantenga bajo estos términos para que los días dichosos que vivimos sean eternos.”
Siempre tuya Z.
 
Que días tan dichosos, antes de aquella misiva, ninguna duda existía y de pronto un universo de interrogantes se acumuló en mi pecho. ¿Qué hacía cuando desaparecía por horas, por minutos, por instantes?.
 
Nada pregunté… nada indagué… hasta ese fatídico día.
Habían pasado ya dos días y mi mujer no aparecía. Salí a buscarla, sin hacer caso a aquella carta.
Maldita la hora… maldito el universo, malditos esos mundos paralelos que observo en el suelo con los charcos de la calle mientras la lluvia cae.
 
Me senté de nueva cuenta en la banca, y la miré atravesando la calle detrás de un joven que iba con sus audífonos puestos y una patineta en su mano, ella le acarició suavemente el cuello; el joven no se inmutó, creo que no sintió aquella caricia. Todo pasó tan rápido, me levanté de la banca, corrí hasta ella, esperando que me explicara, en sus ojos se dibujó la ansiedad y el terror, le tomé del brazo… cuando escuché que la gente gritaba; el joven yacía en el suelo, había sido impactado por un autobús que perdió los frenos.
 
Ella me soltó y corrió como alma que lleva el diablo; en un impulso extraño corrí hacia ella, tratando de que me explicara que me respondiera; al alcanzarla giró su vista, sus ojos negros entornados con la pupilas dilatadas me acarició el cuello y lanzó un grito aterrador y lloró desconsoladamente hasta desvanecerse en mis brazos.
 
La lleve hasta el apartamento, confundido, desdichado, infeliz.
 
Al despertar ella no quería mirarme, no escribía más notas, tomó su maleta y partió unos días antes de la boda.
 
Empecé a deambular por las calles lluviosas, buscándola, me sentaba todos los días en la banca.
 
Esperaba encontrarla después de quince días de su partida.
 
En aquel crucero, observé a la mujer que  iba con su niño aquella primera vez que la vi, esta vez la mujer, ya un poco más grande iba tomado de la mano de un hombre que aparentaba no más de cuarenta años, esperaban atentos que el semáforo se pusiera en verde para cruzar; una idea fugaz golpeo mi cabeza, quise saber si ellos serían familiares o amigos de mi gran amor.
 
Me levanté y caminé hacia a ellos, preguntando por ella; ambos me miraron extrañados, como a un loco, le explique que la había conocido uno de esos días de lluvia cuando ella caminaba detrás con su sonrisa. La mujer echó inmediatamente a llorar.
 
El hombre me empujó y me dijo que el niño había fallecido meses atrás, no quise molestarles más.
Regrese al departamento empapado en el llanto del cielo, en su oscuridad, en su lamento, encendí la luz y ella estaba sentada al borde de la cama, con las manos en los ojos llenos de llanto.
 
Me extendió una nota, con un código de barras, o al menos eso creí yo al principio. No supe que decirle la abracé y ella insistió en la nota y señaló mi cuello. Me empujo hasta el espejo y puso otro detrás de mí para que observara.
 
Mi respiración se agitó, de un color oscuro apareció el mismo código de barras que estaba en la nota, ahí comprendí todo.

Era una fecha…
La fecha de hoy.
Con una hora…
Esta hora

Cada paisaje se vuelve distinto en los charcos del agua, cada sonrisa, cada instante, parece un mundo bajo el mundo, camino deambulante bajo las gotas de lluvia, no percibo nada, me siento y observo como mi muerte amada coloca uno tras otro sus códigos de barras.


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