A veces la vida da extraños vuelcos, se necesita coraje y amor para sobrepasar los obstáculos que en ella se presentan. A veces hay historias que deben ir más allá del cuento, y este es un cuento que quizá nada tenga de especial pero que devela la esencia de la gente en el constante de vivir.
Si te apetece una cucharada de vainilla llega hasta el final ….
Era esa luz, y esa danza la que le hacían volver atrás, el humo del cigarrillo generaba formas extrañas y casi mágicas, el chamán blanco, de pureza ancestral, alzó una grande y larga pipa pasándola a los demás.
Junto a la fogata pudo observar la cara de aquellos hombres transfigurada por las llamas, supo en aquel momento que sería completamente libre de cualquier atadura.
Se sintió volar como halcón, meciendo sus alas contra el viento para hacer equilibrio; una danza lenta se apoderó de su ser; inicio tambaleándose, meciéndose poco a poco, con la intención de llamar a los espíritus del tiempo, que le hablaron cantando.
Su gran penacho de plumas cayó de su cabeza, de pronto el mundo dio un vuelco y se proyectó de bruces contra el suelo, impactando su cabeza con la tierra sagrada del cementerio donde se iniciaba la danza.
Soñó…
Vio a la gente en una gran reunión, en ella pudo observar también a los árboles con rostros que se dibujaban en un inmenso jardín con deliciosos frutos; ancestros bailando, ancestros comiendo, ancestros riendo.
Todos parecían estar alrededor de una mujer mayor (a la que llamó aura azul) festejando, canturreando, platicando.
Los árboles se inclinaban también para escuchar.
Era la mejor visión que cualquiera pudiese tener.
Era la mejor visión que durante años no pudo poseer.
Un mundo raro y occidental, donde la gente poco a poco parecía migrar. Las mesas se fueron vaciando, los árboles fueron perdiendo sus rostros, la gente poco a poco desapareció; quedaban solo unos cuantos.
En su visión, aquel hombre observaba con lenta calma, como se desenvolvía el futuro mezclado con la tiranía del pasado, como unos ojos negros giraban como clavándole la mirada.
Se centró en ellos y los rayos intensos del sol se precipitaban como pequeñas lanzas al suelo.
Aura azul se levantó pesadamente y señaló a una especie de portal de madera.
Ingresaron solo aquellos que parecían un núcleo; era como observar una roca circular, bien delineada alrededor de la mujer, pero resquebrajada y sucia en algunas partes.
El hombre escuchó tambores, y vio como lentamente salían algunas gentes del portal, ingresó al mismo con temor, observando a la matriarca azul sentada frente a un gran dulce negro, sonriente y especial.
Parecieron transcurrir horas…
Algo llamó la atención del quimérico protagonista que se abría paso entre el presente y el futuro.
Observó a una mujer cargando un bote extraño (aura morada le llamó), acercarse a una niña con rostro ancestral, como el de los dioses y antepasados, la pequeña asintió con su cabeza; aura morada, sacó del bote unas ramas… vainilla (reconoció por su forma el observador).
Las partió en trozos pequeños y las sirvió en un envase cristalino y redondo.
Las gentes grises volvieron…
Llenas de ira, llenas de truenos.
La lluvia amarga e incesante consigo.
No había más varillas de vainilla dentro del bote de la mujer.
Un artefacto sonaba a lo lejos cuando los grises llegaron, otros sentados frente al artefacto, quietos, pasivos; un juego de pelota dentro de aquella misteriosa caja color negro.
Y de pronto… ira de los ojos de alma gris que arrebató el envase rojo con amarillo de sus manos, mientras gritaba.
Él no entendía… que extraño designio tendrían los Dioses.
La mujer que tenía el bote antes en sus manos, bajó la mirada.
Otra entidad se encontraba cerca de un río artificial, como lavando sus manos; hizo una mueca para detener a aquellos espíritus humanos.
El hombre gris, no se detuvo, señaló a todos lados, se burló de la mujer del bote, le llamó “nadie”, le insultó, sin ser defendida por los otros.
De pronto entró en la visión una matriarca más pequeña que alma azul, haciendo gestos de que aura gris se detuviera.
Aura gris, orbitó sus ojos, negó con su cabeza tres veces.
Todo era un caos, el visionario no comprendía.
¿Qué deseaba enseñar aquel futuro?
Pensó que quizás demasiado tabaco se había adentrado en su cerebro.
Y luego el llanto de una mujer de blanco.
Aura gris, tomó la mano de la niña quitando el vaso de vainilla. Apareció de pronto otra aura espesa sin color definido que le siguió con un capullo entre las manos.
Y entonces los colores negros, ira, gris y la niña con cara de diosa, salieron disparados, como el fuego apagado.
La mujer de blanco lloraba, y los demás dispuestos la abrazaban.
¿Qué querrá decir aquello? Se preguntó una vez más el visionario.
Sintió un viento helado, giró la cabeza y vio a la mujer con el bote de vainilla…detrás de ella el núcleo circular, antes resquebrajado, ahora partido en dos por el aura espesa, mezclada con colores grises, negros, ira.
Una lágrima del visionario brotó.
Pronto comprendió.
Escuchó de nueva cuenta sus tambores, sintió todas sus articulaciones volver en sí. Sintió el aire y escucho el canto de su chaman blanco, se levantó de su tierra ancestral, con polvo en la cara.
Miró a su familia, su núcleo redondo, lleno de vida y le abrazó. Prometió que jamás dejaría entrar a negro, gris e ira.
Aunque en su visión todo fuera por unas simples ramas de vainilla.
Epilogo
**Las familias se quiebran como pequeñas ramas de vainilla, frágiles al tacto, jamás se recuperan una vez que se encuentran rotas, en esta historia: mágica es la ramita, que devela las verdaderas intenciones y pensamientos de aquellos que permanecen encerrados con sonrisas y abrazos llenos de hipocresía. Solo basta destapar un bote de helado, para que los humanos (negro, gris, ira) muestren su verdadera esencia.
Vashdaryan.


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