Germinar. Me recuerda a los árboles: Inició de algo pequeño, simple. Lo alimentamos juntos con palabras, pequeñas demostraciones de afecto; germinó y poco a poco comenzó a brotar de la tierra que la rodeaba para exponerse al mundo. Un mundo cruel y despiadado que no dudaba en azotar su furia en contra de ella. Y a pesar de eso se hizo fuerte, como el tronco que cada vez es más grueso para sostener la más amplia y enorme copa. Va enterrando más sus raíces para que ese tronco y esa copa no se caigan, para que se sostenga totalmente.¡Vaya! En serio que es un árbol tan hermoso. ¡Quién diría que una simple analogía pudiera decir tanto de lo que construimos nosotros! Algo tan cotidiano como mirar al cielo y observar las estrellas.
Estrellas. Recuerdo aquellas veces cuando mirabas al cielo y te asombrabas por lo que podías ver y yo no. Cuando, emocionado, con los ojos llenos de vida volteabas a mirarme y decirme: “Me recuerdas a la Tierra. Esa Tierra a la que el Sol protege, a quien el Sol alumbra para darle vida. La Tierra por quien el Sol no puede vivir. ¿Sabes por qué? Porque tienes tu propia Naturaleza. Eres tú y sólo tú. La Tierra que sobrevivió a pesar de haber sido golpeada por un asteroide; la Tierra quien guarda maravillosos secretos; la Tierra quien, en ella, tiene vida; la Tierra que soporta tormentas del Universo y hasta del mismo Sol. Eres <mi> Tierra y yo, Sol, siempre te daré vida.”
¿Acaso ésta <Tierra> puede vivir sin el <Sol>? ¿Acaso el Sol se cansó de alumbrar a la Tierra? ¿O las tormentas del Sol fueron tales que, con su furia, hicieron alejar a la Tierra para ya no recibir más radiaciones?
No me atreveré a responder. No quiero responder. Analogías o metáforas, sean cuales sean, todo constituye una forma de ver el entorno y hacerlo brillar ante nosotros, o por lo menos ahora brilla ante mí.
Así es, esa forma tan especial ahora habita en mí, y es una hermosa y bella condena con la que estoy dispuesta a cargar y formar parte.
Ahora el viento es la sinfonía más hermosa que hace bailar las hojas de los árboles; ahora los truenos y tormentas son la furia del cielo que aclama justicia, o quizá sea su esfuerzo por también en las noches alumbrar y hacer que sea de día de nuevo; ahora los ríos son el camino que jamás se detiene y que refleja todo por donde pasa de una forma distorsionada…
Y así podría seguir incansablemente, imaginándome y creyendo en cada cosa que veo, en cada cosa que pienso. Alimentando mi mente y haciendo crecer mis propias analogías. Regando el jardín que se marchitó y que, por mí misma, planeo hacerlo revivir ahora con más flores de distintos colores. De colores inexistentes y de formas únicas. De tamaños irreales y de aromas exquisitos.
Esta <Tierra> jamás fue Tierra. Ser Tierra es algo pesado, muy llamativo. Arriesgado.
Soy, como pronunciaste y ahora adopto: <Naturaleza>. La Naturaleza que hará dar vida o muerte dependiendo en dónde se encuentre; la Naturaleza que, si así lo desea, hará temblar la Tierra o azotarla con fuertes vientos. Naturaleza que controla todos los elementos y que puede hacer cosas maravillosas o destruir las que así son. Al final de todo así es como fui considerada.
<Coloreaste de formas irreales los grises de mis días. Alimentaste mis ideas con más ideas retorcidas. Habitaste en mi jardín como la flor más rara y bella, la flor a quién decidiste darle una imagen de ahora en adelante… Diente de León.>
-Weiter das Kind
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