“A mi primo
Adolfo, por prestarme sus sueños para escribir
Por sus
enseñanzas, por sus sonrisas, por ser un maestro de vida.
Eternamente
gracias”.
Aquella
melodía sonaba una y otra vez en su cabeza; era como si una extraña maldición se
apoderara de sus oídos; pero la música no era realmente aquello lo que le
atormentaba, sino más bien un sueño el que le perseguía desde lo más profundo
de su ser, un sueño de premoniciones, uno de anhelos donde no sabía distinguir que
era la realidad o la mentira.
¿Quieres
que te cuente la historia otra vez?, le dijo, mientras
trataba de ordenar sus ideas.
El
aire de su voz se cortó en mil pedazos y dio espacio a que su respiración se
regulara.
Él
contestó que deseaba escuchar de nuevo la narración, una, dos, tres, cuatro o
mil veces si era necesario para comprenderla.
Y
cada vez que se la narraba descubría cosas nuevas, diferentes, extrañas, como
si la historia tuviera vida propia, como si se negara a ser contada de una sola
manera; o tal vez era él, que cuando la contaba sonaba diferente, como
transformado; sin lugar a dudas era un misterio, y le encantaban los misterios.
Todo
comenzaba con un hombre sentado, un hombre maduro, sentado en una gran
biblioteca, podría ser esta la gran biblioteca de babilonia o podría ser una
sacada de los cuentos de Lovecraft,
con un gran vitral en el fondo, unas cuantas velas que se negaban a morir y el
hombre sentado en aquel gran salón del conocimiento.
Hasta
este punto, cuando la historia iniciaba no tenía nada de raro, un solo hombre
en una gran biblioteca, sentado, libros por doquier, velas negándose a
extinguirse y una voz que cual eco retumbaba en la biblioteca, mientras una
extraña melodía danzaba en el aire.
Ahí
es donde empezaba a torcerse todo, a resquebrajarse cual sueño, el hombre
sentado en aquella silla, estaba escribiendo, hablando, y viviendo; todo era en
un mismo y diferente tiempo, todo era nada y el espacio se convertía en relato
y el relato se transformaba en una película.
El
hombre cuya voz viajaba a través del espacio, hablaba del desierto, de las palabras de arena, en el fondo
aquella música etérea, una melodía que no se puede descifrar, porque quizá no
existe en este plano, porque fue y vino en diferentes espacios.
¡ Ta tatata ta…..Ta tatata ta…..!, un
compás infinito, una repetición incansable, una melodía mística.
¿Dónde
estoy? …(el hombre de la biblioteca habla y escribe)….mientras él se
levanta, dentro del propio sueño y se pregunta varias veces:
-¿Qué es esto?
-Tan solo hay arena
-Y este sol
-¿Qué es esto?
-¿Qué hago aquí parado?
-¿Qué es este lugar?
-¿Qué hago aquí?
-¿Qué es lo que pasa?
-¿Qué hago en este lugar?
Un
suspiro que mezcla la incertidumbre, la incredulidad y un extraño
presentimiento se anida en su corazón.
-¿Qué ha pasado?
-¿Dónde me encuentro?
El
sol está en lo alto, la arena danza por un ligero viento pero no se mueve, nada
se transforma, la arena impávida, manifestando su propia vida y su voluntad,
todo el paisaje es un desierto, hacia donde él mira solo puede ver arena, solo
siente el silencio, un silencio que le hace exclamar ¡Mierda!.
No
recuerda quién es, ni de donde ha venido, tampoco sabe cómo ha llegado a aquel
lugar; ignora por completo que hay un hombre dentro de una extraña y amplia
biblioteca que habla, vive y escribe mientras el observa aquel desierto.
El
sol no puede lastimar sus ojos, no siente calor, a pesar de que el desierto se
muestra como un interminable infinito dorado, tendido como una sábana, casi
superpuesto, dibujado por una mano divina, en todos los sentidos: perfecto.
No se
cansa de repetir, no se cansa de mirar a su alrededor aquella inmensidad
dorada, una soledad que se acurruca en sus pensamientos, mientras intenta
descifrar quién es verdaderamente; no es una pregunta de ser, sino de filosofía escondida tras los granos de arena que se
dibujan a lo largo y ancho del paisaje.
Un
sentimiento quizá de vacío, no, más bien se trata de un
sentimiento de búsqueda de sentido, la arena es completamente plana, no existen
en ella marcas, no hay pasos de otro ser humano, o de vida.
El
silencio se anida una y otra vez en sus inquietudes, en su pensamiento; gira su
cabeza de derecha a izquierda, pero no se mueve, solo mira arena; solo escucha
sus pensamientos, intenta entonces gritar, esperando escuchar algo…tratando de
escuchar a alguien.
-Hola….
-Holaaaaaaaa
El
eco de su voz se pierde en la inmensidad, espera unos segundos, quiere oír algo
que no sea aquel silencio, tratando de comunicarse con el vacío; se reprocha a
sí mismo, pensando que es una idiotez gritarle a la nada, gritarle a la
distancia, gritar hasta que su voz no le alcanza, tratando de que sus cuerdas
vocales desgarren el silencio y alcancen a alguien.
Decide
entonces sentarse, esperando que algo cambie en lo cotidiano de la arena, en el
desierto, esperando que algo llegue a transformarse en la nada, que modifique
aquella esterilidad.
Utiliza
sus manos, sintiendo la arena, esta se escapa a través de sus dedos, se da
cuenta que hay luces extrañas, parecen pequeños cristales cortados a la
perfección, se da un momento para tener la sensación de suavidad en sus manos, mueve
sus dedos, los pequeños cristales emiten una luz rojiza y azul, por eso la
mueve, porque observa que existe algo distinto tras la desolación del paisaje;
tras la soledad, existen luces y aquella sensación, esa exquisitez que atraviesa
sus dedos y le brinda un espectáculo a sus ojos, parece distraerle por
momentos.
Pero
las preguntas vuelven a asaltar sus pensamientos, desde dónde ha venido, cómo
ha llegado, qué hace ahí.
Decide
esperar, pensando que algo cambiará, decide sentarse, mirar la arena, mirar el
sol en lo alto, lo mira directamente, pero el sol no le lastima los ojos, puede
contemplar su esplendor pero sin sentir dolor.
De
pronto se percata que está vestido, lleva una camisa blanca y unos pantalones
negros, en sus pies unos zapatos de piel, y sus pensamientos giran.
Parece
repetir:
-Los cristales de la arena, pantalones negros…camisa
blanca…
-Camisa blanca…
-Camisa blanca…
Repite
varias veces, reflexiona, él le da color a ese lugar, se funde con la arena, con el intenso
cielo azul, con el dorado del sol, sí, él
le da color a ese lugar.
Espera,
sigue sentado, divaga, reflexiona, intenta dilucidar qué es ese lugar, se
sorprende de que nada cambie, de que todo sea un continuo, de que el tiempo
pase, se pregunta en voz alta:
-¿Cuánto tengo que esperar para que algo cambie?
Suspira,
se abriga con sus pensamientos, esperando, no sabe en verdad qué espera, solo
sabe que espera.
Se
percata de que la arena permanece completamente plana, sin marcas, sin grietas,
por un momento deja llevar sus pensamientos, parece que la perfección de la
arena le brinda cierta calma, gira su cabeza de derecha a izquierda, no es un
movimiento mecánico, sino natural; mira la belleza de las luces en la arena y
parece estar tranquilo, simplemente esperando.
De
pronto decide hacer figuras en la arena, en un principio no lo comprende,
piensa que hace figuras circulares, pero no, se trata más bien de alas, alas de
mariposas, muchas alas a su alrededor, dibujadas por su dedos, quizá como una
manifestación de libertad o quizá esta movido por la fascinación de romper esa
arena, esa línea plana, perfecta; su boca se curva hacia arriba, está
sonriendo.
Esta
felizmente rompiendo aquella infinita perfección, la rompe y sonríe, siente una
fascinación sobrenatural, no lo puede explicar, ahí sentado sobre lo perfecto,
dibujando alas de mariposas doradas, que brillan cuando destruye el manto de
arena.
El
tiempo se olvidó de él, ahí sentado con el sol en lo alto, su mente no divaga,
está disfrutando deshaciendo lo perfecto, construyendo sus alas.
Y
entonces… se sobresalta, mira su obra y se pregunta
-¿Por qué lo destrozo?, todo era plano, hermoso… y
ahora hay tantos surcos en la arena, ¿Qué estoy haciendo?.
Y la
angustia se apodera de sus manos, parece entrar en una batalla contra sí mismo,
dos, tres voces en una.
-Sigue…
-Repáralo
-¿Qué estoy haciendo?
-Esto es horrible
-Se ve tan feo
-Antes era hermoso
Se
levanta presa de una especie de pánico e intenta con sus zapatos emparejar la
arena; se da cuenta que hace más surcos…que
deja huecos… que deja marcas.
Vuelve
al diálogo consigo mismo
-¡Siéntate, siéntate!
-No hagas nada- se dice.
No
puede mirar más los surcos y las figuras que ha dejado, así que decide darse
vuelta sobre su propio eje, y se sienta, observa que la perfección no ha sido
tocada de ese lado, que nada cambia en ese lugar, el tiempo se olvidó de él, no recuerda, intenta ordenar sus
pensamientos, no parece un sueño, no parece una pesadilla, solamente está ahí
en el desierto, sentado, esperando.
Ta tatata ta…..
-¿Qué es eso?- dice en voz alta.
Ta tatata ta…..
Ta tatata ta…..
Escucha
una música, no sabe de dónde viene, no sabe qué es, la melodía rompe el
silencio, una extraña melodía que le parece familiar pero no la reconoce.
Ta tatata ta…..
Ta tatata ta…..
Se
pregunta si la nada sonará de esa manera o es la nada la que escuchaba
anteriormente, o si es posible que la nada tenga un sonido en particular.
Parece
desesperarse intentando descifrar donde ha escuchado la melodía; luego de un
rato se dice que no puede continuar esperando, tiene que moverse. Se enfrenta a un dilema, caminar o esperar,
quedarse o moverse.
Se
plantea que si se queda, no pasará nada y entonces si se mueve quizá pueda
encontrar algo adelante, se encuentra decidido, se levanta, espera un momento y
de nueva cuenta las voces de sí mismo lo detienen.
-No, no debo, romperé la perfección del piso
-Ahhh, qué te importa el piso- se dice- si caminamos
podemos seguir esas pisadas de vuelta y regresar aquí
-Muy bien, buena idea
-¿A dónde voy?, derecha, izquierda, aquí, allá…
-El sol está en lo alto…
-No hay viento
-Ah voy para allá, espero encontrar algo, o que algo
cambie-suspira
-Vamos.
La
sensación de levantarse se siente bien, comienza a caminar sin rumbo, sumerge
sus zapatos en la lámina plana de arena, vuelve sonreír, lo acompaña la melodía
Ta tatata ta…
Ta tatata ta…
No
recuerda, pero la melodía le hace sentir algo dentro de sí, de nueva cuenta se
pregunta cuánto tiempo ha pasado, si el sol sigue en lo alto, gira su cabeza
hacia atrás y se asegura de que sus pisadas sigan ahí por si acaso, por si le
resulta necesario volver, aunque ya no ve donde inician sus pisadas se
tranquiliza, es consciente de haber caminado durante largo rato, se tranquiliza, puede volver si lo
necesita.
Sigue
caminando, aun cuando la nada parece infinita, no se siente cansado, no tiene
sed, no tiene hambre, no tiene calor; las preguntas le asaltan nuevamente.
-Holaaaaaa
-¿Holaaaa hay alguien ahí, alguien puede escucharme?-
grita
Se
siente solo, piensa que por algo está en ese lugar, aunque no sabe cómo ha
llegado, ni por qué esta ahí.
Ta tatata ta…..
Ta tatata ta…..
La
música sigue sonando, y se da cuenta que no es precisamente que la música suene
y rompa el silencio, es él mismo quien la está tarareando, la repite de manera
automática y solo sigue caminando, tarareándola, realmente no recuerda, no sabe
si está confundido, o todo aquello es porque el paisaje no cambia, sin importar
cuanto camine, todo sigue tristemente igual.
Se
quita los zapatos, la arena no está caliente, eso no es extraño ya que el sol
no quema, siente la arena en sus pies desnudos, es muy suave, no le molesta al
caminar, parece que va flotando entre las nubes, uno y otro paso, uno y otro
paso, muy cómodo.
Va
mirando sus pisadas, con la cabeza abajo, sintiendo la arena; levanta la cabeza
y observa algo al fondo, pero ¡qué es eso a la mitad de la nada!.
Corre,
corre sobre la arena de aquel lugar extraño hasta alcanzar la figura, mientras
se acerca observa que es un árbol, con pequeñas hojas verdes, un metro y veinte
de largo, es un árbol pequeño, pero su sombra es amplia, mucho mayor a él, el
sol no lo lastima pero se refugia bajo la sombra de aquel árbol, se recarga en
su tronco, agradeciendo la oscuridad.
-¿Qué haces aquí en la inmensidad?
-¿Cómo te llamas?
-¿Tienes miedo?, no tengas miedo de mí, tal vez te
sientes así porque soy lo único que se mueve aquí.
-¿Yo? Cómo me llamo, no sé, estoy cansado de pensar.
Se levanta y hace un círculo alrededor del árbol
-Este será mi territorio- pronuncia firme.
No
sabe por qué espera o por qué intenta hablar con un árbol, su cuerpo no está
cansado, está cansado de esperar, de pensar, de preguntarse qué hace en
realidad.
El
árbol no contesta, pero platica con él, le cuenta sus inquietudes, no sabe de
él ni del árbol, no puede dejar de hablarle, tiene muchas preguntas, no sabe si
alguien lo espera, el sol siempre en el mismo lugar, las hojas del árbol en la
misma posición.
Comienza
a preocuparse, está confundido, se sienta y espera, pensando que alguien le
puede encontrar, se maravilla con la hermosura de la arena, se refleja el sol
entre las hojas, haces de luz, entre la arena, rojos y azules.
Cristales
hermosos, cristales de luz eterna.
Ta tatata ta…..
Ta tatata ta…..
La
melodía baila, danza en sus cuerdas vocales.
-¿Pequeño árbol, conoces la canción? ¿Dónde la he
escuchado? Vivir esta tranquilidad, este silencio es horrible, tranquilo pero
horrible.
En el
fondo algo se mueve, alcanza a distinguir una figura, se vuelve loco de
alegría, es una persona que se acerca al árbol.
Grita con todas sus fuerzas.
-Hoooolaaaa
Aquella
figura se transmuta al acercarse, se trata de un anciano, parece un viejo
ermitaño, lleva un manto largo, no muestra sus pies pero le llama la atención
que lleve un bastón para apoyarse aunque no parece cansado; de pronto él
recuerda historias de los viejos ermitaños que no muestran sus pies, porque
casi no se mueven o caminan en el plano espiritual; su cabello blanco simboliza
sabiduría y conocimiento, cree haber escuchado de niño que se acercan a la
gente para mostrar el camino.
El
hombre anciano cargado de cosas en su manto le saluda
-Hola
-¿Disculpe señor de dónde viene?
-Vengo de un sitio muy lejano
-¿Sabe qué es este lugar? ¿Sabe por qué todo es tan
tranquilo?
-No, no sé, ¿tú de dónde vienes?
-No lo sé, aparecí aquí, camine quizá kilómetros,
donde vienen mis pisadas- señala
-Ah sí muy bonito lugar, bonito árbol- lo señala- me
sentaré a la sombra de este árbol; entonces dices que no recuerdas nada.
-No, no recuerdo, solo un Ta tatata ta…..Ta tatata
ta….. Como una melodía, pero no sé, solo sé que estoy vestido así.
- Que raro, camisa blanca en este lugar, pantalones
negros aquí, pues que pensabas cuando llegaste.
-No lo sé, no sé qué hago en este lugar, no sé que
estoy haciendo.
-Muchos jóvenes de ahora tienen esa misma pregunta, no
saben que están haciendo.
-Eso creo, pero no sé dónde me encuentro ni de dónde vengo.
- Que raro y cómo te llamas- dice pensativo el anciano
-No sé, tampoco puedo recordarlo.
-Eso es grave, ¿te golpeaste la cabeza, tomaste alguna
droga?
- Claro que no, no llevo nada, excepto mi ropa, mis
zapatos…
-Si es verdad, nada recuerdas, ¿de dónde vienes?, ¿tu
familia?
-No nada, aparecí aquí en medio de
- Que raro, te ayudare a recordar un poco si no te
molesta- le dice el anciano
- Por supuesto, no me molesta.
- ¿Qué es lo último que recuerdas?
-Abrir los ojos y estar parado al medio del desierto,
con el sol encima de mí; este sol radiante que no quema mis ojos, es lo único
que recuerdo.
-Mira aquí traigo un espejo- dice mientras saca el
objeto- ¿recuerdas cómo eres?
-Creo que sí, más o menos- duda
-Cómo que más o menos, debes saber cómo eres
-No estoy seguro
-Toma este espejo….se lo extiende.
-Sí, sé que es un espejo- afirma
- Que bueno, ¿qué ves?- le instiga.
-Mi cara
-¿Solo tu cara?- inquiere- ¿No recuerdas algo o
alguien quizá, alguna persona, especial?
-No
-¿No recuerdas de dónde vienes?
-No señor, nada
-Bueno, no desesperes, apenas acabas de llegar y quizá
el shock no te hacer recordar
-No me duele nada, ¿eso es raro?
-Eso es una buena señal, pero dijiste que recordabas
una canción tararéala por favor
-Ta tatata ta…..Ta tatata ta…..¿Este lugar no cambiará?
-No parece que no–asegura el anciano
-¿A dónde se dirigía usted?
-Tan solo caminaba
-¿Aquí?
-Si por qué no, para una persona de mi edad caminar es
lo mejor que puede uno hacer
El
silencio se apodera de ellos, observando la inmensidad y la arena, el tiempo no
cambia…todo permanece igual, él se pregunta:
-¿Cuánto tengo que esperar para que algo cambie?
El
anciano sonríe, le señala el espejo y dice.
-Ya está cambiando…
Epilogo
Todos
somos un ermitaño, tratando de encontrar un sentido, en los grandes desiertos
de la vida, bajo el ardiente sol del destino, nos quedamos sentados para
admirar los pequeños cristales de momentos azules o rojizos, el brillo y la paz
de tocar a los seres amados por un momento, a veces olvidamos quienes somos o a
dónde nos dirigimos, la sabiduría nos la brindan nuestros propios pasos,
marcados por las decisiones que tomamos, construimos y reconstruimos,
escribimos, hablamos o vivimos.
Todos
somos un árbol esperándonos, uno que a veces se encuentra en pleno desierto y
llegamos para platicar con él, tratando de descubrir a dónde vamos, quiénes
somos; quizá eso somos también, una melodía, un hombre en la biblioteca,
rompemos a pedazos nuestras existencias buscando, siempre preguntándonos,
pocos tienen el valor y la fuerza de cambiar el rumbo, de avanzar.
A
veces nos encontramos encerrados en la monotonía, en un día que parece una
constante donde nada cambia, donde todo es igual, podemos decidir si quedarnos
o avanzar, podemos encontrarnos con nosotros mismos o encontrar a quien nos
ayude a recordar; las grandes vicisitudes de la vida se tornan pequeños
momentos de melodías un: Ta tatata
ta…..Ta tatata ta…..continuo, un
gran sol, aquella luz amarilla en lo alto de nuestra existencia que cual
fanal nos ilumina.
-¿Quieres que te cuente la historia otra vez?
-Sí- responde él- quizá así pueda encontrar lo que
estoy buscando, aquellas palabras en la arena, que me llenen otra vez.





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