Las muñecas se pintan en los trenes apresuradamente, terminan su
"obra maestra" con sus manos inquietas, y los colores en sus paletas,
ella por ejemplo teñía de carmín sus labios seductores.
Las muñecas se pintan en el metro mientras yo intento escribir un
soneto.
Color mazapán con negro, cambian sus rostros en momentos; entre la
ondas del rímel, entre las sombras de tonos grises, con tal maestría que de
Rosario a Barranca las muñecas salen transformadas, listas como los payasos
para la travesía cotidiana.
Se miran en sus espejos hasta quedar perfectas, se miran en los
reflejos de aquellos vidrios rayados. Y como aquellos vidrios se rayan sus
rostros, que son como un lienzo, un lienzo natural; convertido en un paisaje
artificial, seductor incluso quizá; y ante la vibración del metro ¡chan chan!,
sus manos se mueven cual artista y se pintan y pintan.
Tentadores, sugerentes los colores de sus rostros; ante la vibración
del metro los matices danzan sin ton ni son.
Maquillan su vaivén cotidiano, el pasar de su vida mundano.
¡Sí!, ellas son artistas de lo cotidiano, del trabajo, de tomar sus
espejos y prepararse para ser directoras de la orquesta al vibrar del subterráneo.

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