Fuente de la imagen : http://rapturessaviour.deviantart.com/art/When-a-serial-killer-has-a-camera-332593587
INGLATERRA
6 DE FEBRERO 1884
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E
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cuanto ella se sentó a su lado, rápidamente la incomodidad se apoderó de cada
poro de su ser, habían pasado ya casi tres largos años desde la última vez que
le vio en ese mismo tren, de pronto la soledad de Marcel había sido violada; él
hizo un intento por esconderse detrás de un periódico. El tren dio un pequeño
salto he hizo que el periódico saliese despedido por los aires, de tal modo que
su rostro quedó completamente al descubierto ante la mirada de la mujer que
entraba en el camarote, el tren se había puesto en marcha de nuevo. Ana con su sonrisa cálida como el día que le
había conocido se aclaró la garganta y dijo:
-Marcel,
mi querido Marcel, ¿eres tú precioso?, pero cuántos son los años qué he pasado
sin verte, vaya que en realidad estas hermoso, los años te han sentado bien.
Marcel
hizo una mueca casi imperceptible que se mezclaba entre la alegría de los años
pasados y el disgusto de encontrar a esa mujer en el tren.
-Vaya,
sí cuanto tiempo ha pasado, ¿qué ha sido de tú vida?
-Una
innumerable maravilla de viajes, he ido a medio oriente, he visitado antiguos
amigos y familiares, recuerdo querido Marcel cuando te decía que viajaría y lo
he conseguido, ¿Sigues con tu empleo en
la revista?
-Así
es, vaya casualidad de la vida, el empleo es el mismo desde hace tiempo,
escribo las notas policíacas
-Sí,
pues yo he conseguido realizar mi propia empresa , como me ves ahora soy una
mujer de mundo, del nuevo mundo –río de manera seca- siempre pensé que te
quedarías ahí por mucho tiempo, en realidad recuerdo mencionarte que debías
escribir en otros lugares no sólo en la revistilla inglesa que te estanca en tu
vida.
-Bueno,
la revista no está del todo mal, siempre me ha gustado quedarme en un sitio, me
aporta seguridad y…
Marcel
interrumpió su relato puesto que un hombre entró al camarote de pasajeros donde
se encontraban, pidió disculpas y se sentó a un lado de Ana, se quitó su
sombrero de copa y sus ojos azul profundo miraron de manera extraña a Marcel,
tan extraña que sintió como un
escalofrío le recorrió el cuerpo de manera involuntaria.
-Marcel,
dime, me contabas sobre tu revistilla, continua
-Dispensa,
Ana lo que sucede es que mi trabajo me causa sumas satisfacciones, la mayoría
de las personas dice que me desperdicio, pero no es así, puedo en mi trabajo
estar en contacto con gente, no solo poderosa, sino también la más humilde de
las gentes.
-Ja jaja
– rió Ana- claro existen cosas que nunca cambian en el universo, algunos
nacieron para eso, para estancarse.
-Marcel
asintió con la cabeza - ciertamente
existen cosas que nunca cambian como tú frivolidad querida- sonrió Marcel con
malicia
El
nuevo inquilino del pequeño camarote era un hombre silencioso, taciturno contemplaba
la escena, encendió un cigarrillo y la mujer pareció apetecer de uno, así que,
sin el menor disgusto le pidió al desconocido un regalo de pasajero a pasajero diciendo:
- Lo
ve usted señor, un hombre soñador, desperdiciando el tiempo con pequeñas notas
periodísticas, policiacas además de todo, rodeado de delincuencia, de la podredumbre
de la sociedad inglesa, esto hace que se me apetezca su cigarrillo, ¿tendrá
usted alguno que pueda regalarme?
Sin
decir palabra alguna el hombre extendió una cigarrera dorada y encendió el
cigarrillo de la dama. Ana notó la excelente pieza de oro al tocarla con sus
manos y sonrió.
Marcel
se disculpo, anunció que su parada era la siguiente, se levantó alineó su traje
y sacó su maletín un poco roído por el uso.
-Cariño
no te disgustes- le dijo Ana- me ha dado tanto gusto verte –quizás nos podamos
ver mañana en el pequeño café de Shirasse,
a las 8 pasado el meridiano, verás que mi frivolidad no es tanta, te presentaré
con los verdaderos bohemios de la época.
-Muchas
gracias Ana- Marcel sonrió- pero tengo asuntos importantes que atender- hizo un
ademán y se despidió tocándose el sombrero- cerró la portezuela del camarote y
camino a la salida del tren.
Ana
se quedó confundida por un momento, al ver que ese encuentro con Marcel no
había rendido los frutos esperados, pero igual sonrió para sus adentros
pensando que él sin dudar asistiría al café. Se aclaro la garganta y se dirigió
al extraño:
-Está
helando allá afuera
-¿Perdón?-
respondió disimuladamente el extraño
-Le
dije: está helando afuera, oh perdón que descortés, mi nombre es…Ana
-Mi nombre es Henry- lo dijo fríamente como
tratando de parar la conversación
Normalmente
el Sr, Henry viajaba solo y pedía para él un camarote exclusivo, la gente del
tren lo sabía, pero aquel día no se encontraba ninguno disponible para que él
lo utilizase, sin más remedio acepto aquel camarote donde había encontrado a
Marcel y a la mujer; cuando viajaba en un camarote compartido los viajeros
frecuentes nunca le molestaban, le tenían un respeto casi santo a su viaje, y
mucho menos le pedían cigarrillos gratuitos. Ahora Henry sentía que su fama se rompía
por esa extraña que le parecía pedante, su sola presencia dentro del camarote
con él le disgustaba en demasía.
Desde
la primera vez que la vio en sus muchos viajes la encontró desagradable; la
forma en la que entraba a los vagones de los hombres solos, la forma en la que
caminaba por los pasillos del tren, su sonrisa, que lejos de ser coqueta debía
considerarse una herejía, su manera de hablar solo de sí misma, de sus
múltiples viajes, de su larga vida empresarial, todo aquello le disgustaba.
Ahora mirándola más de cerca su apariencia física era más áspera y chocante,
tenía una cabeza redonda que se
enrojecía cuando tomaba el vino dispuesto en el camarote, su flequillo mal
cortado su enorme cara y su cabello teñido de un color castaño que parecía el
cabello de un elote a medio cocinar, su blusa blanca y su intento por
conquistar a donde quiera que esa mujer mirase. Pero lo que el Sr. Henry encontraba
mucho peor que eso eran sus ojos oscuros, malévolos, que sobajaban a cualquier
persona con tal de sentirse superior a ellas. Su cara regordeta, esos ojos pequeños, la nariz como en una pequeña bola
donde colgaban sus fosas nasales y sus labios grandes, era como una pesadilla;
aquella mujer que de pronto rompió sus pensamientos con su voz chillona.
-¿Viaja
seguido por esta ruta Sr, Henry?
La
muy estúpida, pensó el Sr. Henry seguramente me recuerda de los múltiples
viajes donde nos hemos encontrado antes, seguramente le han dicho que soy un
conde y que puede conquistarme como lo ha hecho con los otros, esto no es de su
incumbencia.
Pese
a sus pensamientos el Sr. Henry contestó lo más amablemente que pudo
-A
decir verdad, sí señorita, lo hago
-Pues
eso está muy bien, así lo veré más seguido y ambos podremos divertirnos en este
largo viaje- dijo mostrando sus dientes mientras un hoyuelo se dibujaba en su
mejilla derecha, y tomaba un largo sorbo de vino tinto.
-Demon…quiero
decir…er…que, me veo complacido al saber eso Madame-hizo una leve reverencia
ocultando los rasgos de enojo en su rostro.
¿Era
eso posible? Pensó el Sr. Henry, “Yo no quiero ningún compañero de viaje en el
tren, yo deseo silencio” entonces una idea brotó en su mente. Pero ¿funcionaría?
¿Sería ella tan ilusa?. Una dualidad comenzó a gestarse en su cabeza. No, no
podría ser. Sí, Sí serviría, con un poco de tacto funcionaría. En los próximos
diez o quince minutos el Sr. Henry elaboró su plan hasta que estuvo
completamente pulido.
En ese
lapso de tiempo Ana continuó hablando sin parar sobre sí misma, sobre su
familia, sobre su trabajo y de cómo se acababa de mudar de ciudad, el Sr. Henry
solo movía su cabeza y de vez en cuando sonreía.
Al
final la interrumpió
-Perdón
por interrumpirla, pero le tengo una proposición, ¿Le gustaría cenar conmigo
algún día?
-Pues
no sé, ¿No le importaría que yo cené con usted?
-Por
supuesto que no- le respondió- ¡Vaya mentira!-pensó sonriendo con malicia- un
conde como yo no puede rehusarse a tan agradable compañía como la suya madame
-¡¿Un
Conde?¡-dijo sin ocultar su emoción
-Sí,
señorita soy el conde Henry Piccard
-Oh
bueno, entonces en tal caso es un honor, Sr. Conde ¿Cuándo puedo ir por allá?
-Cualquier
día madame, ¿qué le parece esta misma noche?
-Ohh
sí , creo que puedo arreglármelas, ¿cuál es su dirección?- dijo sumamente
emocionada
En
un trozo de papel el Sr. Henry escribió su dirección, su número y dibujo un
mapa para que la dama llegase a su casa. El tren siguió su camino por diez
minutos más y se detuvo en la estación del Sr. Henry, él, se levantó inclino la
cabeza en silencio, y desde el otro extremo del vagón vio a la mujer asomarse y
escucho su voz chillona gritando:
-En
su casa, a las nueve en punto Querido Henry.
-¿Cómo
puede ser alguien tan chocante? –Pensó y salió del tren.
El
Sr. Henry se apresuro a llegar a su casa, pasó el resto de la tarde organizando
para recibir a su invitada, mando a sacudir
y pulir todos los muebles, la servidumbre estaba muy movilizada, después
que sus empleados hubiesen terminado sus tareas, les despidió, dándoles la
tarde y el día siguiente completamente libres. Se dispuso a preparar el mismo
la cena, pensó que era inútil gastar sus valiosos francos en aquella mujer y
sacó sus filetes especiales de la congeladora, nada caros. Colocó la mesa de
manera exquisita, pendió un puro y espero ansiosamente sentado en su ostentoso
sillón de cuero.
El
Reloj marcaba las nueve menos quince, lo cual comenzaba a desesperar al Sr.
Henry, pensó : como mujer de “mundo” le hacía esperar, hasta que el timbre sonó
media hora más tarde.
El
timbre de aquella gran mansión sonaba insistentemente, así que el Sr. Henry se
apresuró abrirle la puerta a la dama.
-Aquí
estoy al fin querido Henry-suspiró- dispensa la tardanza, pero he pasado a
comprar algo- al tiempo de decir eso la mujer entregó a su anfitrión una
botella de vino tinto.
-Oh
delicioso Madame, excelente para la carne que he preparado, ¿le apetece cenar
ahora madame?- dijo con extrema delicadeza tomándole de la mano.
Marcel
salía de su trabajo con rumbo al café “Shirasse” a las siete con cincuenta y
seis minutos, era el día 7 de febrero del año 1884, ni siquiera sabía el por
qué de su asistencia a ese café, tal vez desde lo más profundo de su interior deseaba
que Ana recordara como había sido su vida antes de dejarse llevar por las
grandes cantidades de dinero de sus amantes, deseaba decirle que en la vida no
todo era dinero y bienestar económico, que nada se comparaba a tener la
felicidad de un hogar, llevaba esos pensamientos cuando entró por la portezuela
del café y todos le miraron puesto que sus prendas no eran lo suficientemente
finas para ese lugar, tomó un pequeño asiento que daba a la calle y espero la
llegada de Ana, pidió un expresso cortado mientras aguardaba.
Eran
las ocho en punto pasado el meridiano cuando un mensajero elegantemente vestido
se acercó hasta su mesa y le entregó la siguiente misiva. El sobre color ocre
anunciaba: “Entréguese
este sobre en mano al Sr. Marcel quien se encontrará en el café Shirasse a las
ocho pasadas meridiano”
Marcel
pensó que se trataba de Ana quién se disculpaba quizás por no asistir, sin
embargo se horrorizo al leer las siguientes líneas:
7 de Febrero 1884.
Estimado Sr. Marcel
…He de confesarle que conocer a Ana… ha sido
la peor experiencia de mi entera existencia, los hechos han sucedido tal y como
le he relatado, pero en cuanto la cena estuvo servida, aquella mujer que le
restregó en la cara ser una mujer de mundo devoró furiosamente, como si fuera
un animal salvaje que tuviera miedo de perder su alimento. Se atascaba la boca
con grandes bocanadas, y esto hacia que sus rojas mejillas llenas de maquillaje
resaltaran más aún, incluso me pareció que la saliva escurría por su barbilla.
-Delicioso, Querido Henry, es primoroso- dijo
Ana- simplemente deliciosa
Después de la cena, me siguió hasta la sala,
donde instantáneamente le atrajo mi colección de armas, la encontró fascinante.
Le pregunté si deseaba un café, ella respondió con esa absurda sonrisa
desabotonándose el escote, le sonreí y minutos después regresé cargando la
charola de plata, , ella seguía mirando y admirando mi colección, me llamó “un
hombre de mundo, y de verdad”, deje la charola en la mesa de centro y caminé
hasta ella que me daba la espalda…..”
-Sabes
querido Henry, necesito un hombre como tú…no como los anteriores que he tenido,
tú distinción, tú sobriedad, tú clase, tú…
-Mi
dinero- dijo él, sonriendo
-No,
nada de eso, querido, oh pero noto algo extraño…aquí, en tú colección de armas falta
un cuchillo
-Vaya,
eres observadora, sí, lo sé muy bien
querida Ana
“….el
cuchillo faltante salió de mi bolsillo con un movimiento extremadamente rápido.
Ana seguía de espaldas y creó estimado Sr. Marcel que ni siquiera notó la
primera, la segunda y la tercera puñalada que le di justo en la espalda, en
ninguna de las veinte puñaladas se dio la vuelta, después de eso observe la
escena, ella, yacía muerta sobre mi alfombra persa, mi fina alfombra, no como
ella que era una persona de “mundo”. Comprendo ahora su pensamiento Sr. Marcel,
¿Quién me ha otorgado el poder para decidir sobre la vida de esa desgraciada
mujer? La repuesta es sencilla, nadie mi muy estimado señor, nadie, ¿Quién le
daba derecho a Ana de jugar con los nobles sentimientos de quienes le querían?
¿Quién le daba el derecho de hacer sufrir a personas buenas? ¿Quién? Nadie,
señor Marcel, nadie
….. Sepa usted estimado Sr. Marcel que solo
seis personas me han molestado en el tren y a todas ellas las he encontrado
pedantes, groseras, chocantes, narcisistas, sintiéndose mejor a los demás, pero
sepa usted que todas ellas tienen algo en común, todas esas mujeres han probado
un poco de sí mismas y a todas les ha parecido “delicioso, simplemente
delicioso”.
Atte.
El conde Henry Ottis Piccard.
Marcel
emblanqueció al leer la misiva, soltó unos cuantos francos en la mesa y corrió
a la estación de policía con la intención de entregar la carta, supo entonces
que la pobre Ana había comido la carne humana de las anteriores víctimas del asesino
y que seguramente el conde Henry Otis Piccard, atacaría de nuevo, aunque a
ciencia cierta; cuando llego a la puerta de la estación titubeó, giro sobre sus
pasos, sacó un encendedor de su bolsillo y terminó con la evidencia culposa, no
por la magnitud del crimen sino por la magnitud de la justicia.
Años
después Marcel en su lecho de muerte confesó a la policía la existencia de la
carta, tratando de salvar su alma; pero de igual manera aquellas palabras
resonaban en su cabeza “¿Quién
me ha otorgado el poder para decidir sobre la vida de esa desgraciada mujer? La
respuesta es sencilla, nadie mi muy estimado señor, nadie, ¿Quién le daba
derecho a Ana de jugar con los nobles sentimientos de quienes le querían?
¿Quién le daba el derecho de hacer sufrir a personas buenas? ¿Quién? Nadie,
señor Marcel, nadie.
No
justificó nunca aquel crimen, deseo haber entregado la carta, pero en la vida
las cosas se realizan o se vive con ellas; cuando el precipicio de la muerte se acercaba,
sonrió y dijo “Delicioso, simplemente delicioso”, expiró cargando el gran
pecado de ocultar al conde Piccard.
***Nota de la autora: La narración es ficticia, los crímenes contra la humanidad siendo de cualquier naturaleza no deben ocultarse.
Delicatessen significa : “bocado exquisito”.
"La naturaleza puede ser corregida, enmendada, pues de no ser así quedaríamos sepultados bajo los prejuicios. Sin eso no habría ni un solo gran hombre.”
Fiodor DostoievskiVashdaryan

Simplemente maravillosa la historia, te atrapa, está llena de misterio, es simplemente... genial.
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